Tres Silencios T1 · E01 · 3 / 4

09 · JAFFA

Una semana antes, en un café con vistas a un mar que ninguno de los dos miraba, una mujer le había servido a Ethan un té que no pensaba beberse y le había puesto delante una ciudad.

Se llamaba Dalia. Las primeras canas ganadas a pulso, unas gafas gruesas, y esa clase de arrugas que cuentan historias que nadie quiere escuchar dos veces. Era la única persona viva a la que Ethan le habría dado la espalda sin mirar.

—Madrid —dijo ella, removiendo el té—. Te vas el martes. De asesor financiero aburrido. Se te da de maravilla ser aburrido cuando quieres. —Deslizó una carpeta que Ethan no abrió—. Los Rakitin están montando en España su lavadora europea. Ladrillo, sobre todo.

Compran políticos con la facilidad con que otros compran el pan. Quiero flujos, nombres, y todo lo que puedas sacar de Berlín, que es donde el viejo ha puesto el corazón del asunto.

—Eso es trabajo de meses.

—Tienes meses. Lo que no tienes es permiso para que te vean. Entras, escuchas, sales. Nada de héroes.

Lo miró por encima de las gafas y tardó un poco más de la cuenta en decir lo siguiente.

—Y una cosa. Vas a estar cerca de gente de los Rakitin. Puede que reconozcas a alguno. De antes. De Moscú.

Ethan no movió un músculo, que era su manera de moverse por dentro.

—No sabemos quién opera para ellos sobre el terreno —siguió ella—. Podría no ser nadie que conozcas. Podría serlo. Y si lo es, tú te acuerdas de lo que hablamos hace mil años: el pasado no es una misión.

No vas a Madrid a cerrar cuentas viejas. Vas a escuchar y a volver.

—No tengo cuentas viejas.

—Todos las tenemos. Los que decimos que no somos los que peor las pagamos.

Se bebió el té de un trago, entero, un gesto que Ethan no le había visto nunca.

—Anda, vete. Y en Madrid duerme. Tienes cara de llevar veinte años sin dormir de un tirón.

—Duermo en un minuto. Siempre.

—Dormirte es fácil. Lo difícil es querer despertarte al lado de alguien. Eso no lo has aprendido nunca, y no es una crítica profesional.

No se despidieron con nada solemne.

Al salir del café, con el sol deshaciéndose sobre el agua, Ethan sintió en el pecho una molestia rara que tardó en reconocer. Era esperanza.

Y detrás de la esperanza, agazapado, un nombre que Dalia había tenido el cuidado de no pronunciar y que él tampoco se permitió pensar entero.

10 · LO QUE ESTÉ TOMANDO ÉL

El camarero le puso el vaso delante. Un vaso bajo, con hielo, sin agua y sin rebajar.

Ethan lo movió, disfrutando de la ceremonia, levantó la vista de la barra y se le quedó clavada en el chico de la ventana.

A esa distancia ninguna cortina de humo tapaba nada. El chico lo estaba mirando sin disimular, con la mano derecha quieta junto a la taza y los ojos negros sosteniendo el silencio más largo del local. Ethan lo cualificó en dos segundos, por costumbre.

Treinta y pocos. Cuerpo de oficio, no de gimnasio. Manos limpias, sin marcas. Y en la mesa, contra el salero, medio azucarillo de pie.

No sonrió. Se le tensó la comisura, un movimiento que no vio nadie más.

Y entonces la cara del chico lo llevó a un sitio en el que había jurado no volver a entrar. Un cuarto frío. Una bufanda raída. Una risa con acento del norte.

Su cabeza saltó de Madrid a Moscú y del presente a lo enterrado con esa velocidad suya que no obedecía a nadie.

Tocó el anillo. El metal estaba frío.

Volvió al presente y se trajo un nombre que no debía pronunciar.

Petrov.

Es viernes, Levy. Hoy no se trabaja. Ojos negros, treinta y pocos, manos sin marcas: civil, probablemente. Veinte años sin fallar un probablemente y hoy me tiembla el mío. Esa cara me está abriendo una puerta que tapié con ladrillo. No la mires. Ya la estoy mirando.

Alejandro levantó la mano y llamó al camarero.

—Lo que esté tomando él. Y otro café.

El camarero miró hacia la barra y entendió el juego sin más palabras. En un bar como el Pepe Botella aquello se veía todas las noches.

Un minuto después había un whisky sobre el mármol de la mesa del ventanal, al lado de una taza. El líquido ámbar brillaba bajo la luz tibia. Alejandro no lo tocó. Levantó la vista.

Sus ojos se encontraron.

Era una invitación, un desafío y una apuesta, y el whisky era la excusa.

Ethan dejó el billete en la barra y se levantó.

11 · EL CERCO DE AGUA

No había prisa en sus pasos. El murmullo del bar no bajó, pero a Alejandro le llegó de más lejos.

Cuando el hombre se detuvo delante de la mesa, la distancia era mínima.

—¿Tienes fuego?

Alejandro levantó el cigarrillo entre los dedos y sonrió.

—No fumo.

El otro miró el cigarrillo. Miró la mano. Y le apareció en la cara algo que no llegaba a sonrisa.

Un cliente de la mesa de al lado le pasó un mechero sin enterarse de nada. Alejandro lo cogió sin dejar de mirar, ahuecó la mano y le dio fuego.

—Los legionarios llaman a esto refugio.

—¿Cómo lo sabes?

—Familia de militares.

—Gracias.

—De nada.

Le devolvió el mechero, y los dedos se quedaron en el aire un momento más de lo necesario.

—No te había visto antes por aquí.

—Primera vez —mintió Alejandro, y le salió fácil.

—¿Te gusta?

—Todavía no lo sé.

—Dale tiempo.

—¿Y qué te trae a Madrid? Porque de aquí no eres.

—Trabajo. Unos números que revisar, unas firmas que ver.

—¿Y firman de noche en Malasaña, tus números?

—Los números duermen de día. Yo también, casi siempre.

Hablaron. De Madrid, de la noche, de todo y de nada. Alejandro tejía preguntas casuales entre anécdotas inventadas, buscando fisuras, inconsistencias, un cabo suelto. El otro era bueno. Cada respuesta era una verdad parcial, con detalle suficiente para sostenerse y ninguno de más.

Un espía no aprende a mentir, sino a decir la verdad.

—¿Cómo te llamas?

El hombre tardó en contestar.

—Gabriel.

—Miguel.

El intercambio debería haber sido trivial. No lo fue. Fue como firmar algo.

—Yo no he pedido esto —dijo Gabriel, señalando el vaso.

—Lo sé. Pero lo estabas tomando en la barra.

Levantó el vaso y bebió despacio, sin apartar los ojos. El whisky le quemó la garganta y no parpadeó.

Alejandro se preparó el café con el otro medio azucarillo, el que llevaba doce años sin destino. Lo volcó junto al primero y dio tres vueltas exactas a la taza, porque sus rutinas eran lo único que seguía obedeciéndole.

—Los jóvenes echáis mucho azúcar en el café.

—Somos invencibles.

—No lo dudo. Pero el café es amargo. Como la verdad.

—¿Y quién busca la verdad cuando es joven, Gabriel?

—La verdad te lleva más lejos que la mentira. Cuando no estoy trabajando, siempre digo la verdad.

—¿Y hoy estás diciendo la verdad?

—Hoy no estoy trabajando.

La respuesta se quedó dentro de la cabeza de Alejandro, dando vueltas, buscando dónde encajar.

—¿Sabes qué es lo raro? —dijo—. Que se me dan bien las mentiras. Lo que no se me da bien es esto: un rato en el que no me hace falta mentir y no sé qué hacer con las manos.

—Cuenta azulejos.

Alejandro se quedó quieto.

—Llevas contándolos toda la noche —siguió Gabriel, señalando la pared con la barbilla—. Dieciocho, ¿no?

Trece años. En trece años nadie se había dado cuenta de eso. Ni Vázquez, que le había leído todos los informes. Ni Irene, que le había leído todo lo demás.

—Deformación profesional —añadió el otro, devolviéndole su propia frase—. Yo también miro lo que la gente hace cuando cree que no la ven. Y tú, cuando crees que no te ven, ordenas el mundo.

Dieciocho. Los conté para que el mundo se estuviera quieto y ahora los sabe él. Trece años sin que nadie mirara. Este mira. Cierra la mano, Herrera. Cuenta otra vez. No sale. Nada de esta noche va a entrar en el informe, y esa es la primera mentira que me digo esta semana.

El silencio que vino después duró lo que tarda un hielo en soltarse del fondo de un vaso.

Alejandro no supo qué hacer con las manos, así que hizo lo único que sabía.

Se mordió el labio, y con una lentitud calculada deslizó el índice sobre el mármol, siguiendo el cerco de agua que el vaso de Gabriel había dejado en la piedra. Una vuelta entera. Calmada. Completa.

El dedo húmedo brillaba bajo la luz del bar.

Gabriel miró el movimiento como si fuera lo único que existía en el mundo. El dedo recorriendo el agua. La presión exacta contra la piedra. El gesto era obsceno en su inocencia, íntimo en su distancia.

Y entonces Alejandro levantó los ojos, buscó los suyos, y arrastró el dedo hasta el centro del círculo.

No se tocaron.

—¿Así invitas siempre? —La voz le salió más baja.

—Solo cuando vale la pena.

—¿Y cómo sabes que valgo la pena?

—Aún no lo sé. Por eso sigo aquí.

—No estás acostumbrado a que te miren así —dijo Alejandro, muy bajo.

—No.

—Tampoco pareces de los que se dejan incomodar.

—Me divierte.

—Yo no suelo jugar.

—Conmigo vas a tener que hacerlo.

Alejandro recorrió con el anular las vetas grises del mármol, ajado por veinte años de vasos y de codos. La piedra estaba fría y no dijo nada, que es lo que hacen las piedras de los bares que han oído demasiado.

Gabriel lo miraba con la paciencia de quien lleva años midiendo distancias. Los hombros rectos. La respiración controlada. Las manos cerca y sin tocar.

Gabriel se acercó el cenicero, y la manga del abrigo le rozó la mano. No fue un accidente. Alejandro no la retiró, y notó el calor subirle por la piel hasta un sitio donde no le convenía notar nada. El otro no se disculpó.

—No eres de aquí, ¿no?

—Soy un ciudadano del mundo.

—Eso suena caro.

—Me lo puedo permitir.

—¿Qué ves cuando me miras?

Gabriel aguantó la mirada sin parpadear.

—Un hombre que quiere parecer más libre de lo que es.

Alejandro se rio corto, sin ruido.

—No te equivocas mucho.

—¿Siempre fumas tanto?

—Lo había dejado. Pero cuando me aburro.

—No te estás aburriendo.

—No.

Alejandro encendió otro cigarrillo de todas formas. La llama le iluminó los labios un segundo.

—Da la sensación de que nunca cedes el control.

Los dedos de Gabriel rozaron el anillo. Una vez. Dos.

—Todos cedemos el control en algún momento.

—No. Algunos aprendemos a dominar siempre.

—No te caigas todavía. —Y por una vez la voz no tenía filo, solo una advertencia casi amable—. Estás a mitad de una conversación con un desconocido. No es sitio para caerse.

—¿Y cuál es el sitio?

—No lo sé. Llevo cuarenta y seis años buscándolo. El día que lo encuentre, te aviso.

—No sabes cómo localizarme.

—Sé contar azulejos. Ya te encontraré.

A Gabriel le cambió la cara.

Fue un cambio pequeño, de los que solo se ven si llevas media vida mirando caras, y Alejandro llevaba media vida mirando caras. El hombre se echó hacia atrás en la silla, y por primera vez en toda la noche dejó de estar cómodo.

—Dejas huella —dijo Alejandro, para tapar el hueco.

Fue un error. Quien rellena los silencios pierde.

Gabriel bebió el último sorbo, dejó el vaso con precisión en el mármol, justo donde el cerco de agua ya no estaba, y sacó un billete.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿Volverás?

—No lo sé.

—Llévate tu dinero. Invito yo.

—No. No quiero deberte nada.

Alejandro sostuvo la mirada. Se le curvó la boca.

—Mientes.

La palabra cayó limpia. Gabriel no la discutió, y esa fue toda la respuesta.

Se giró hacia la puerta y eligió el lado estrecho, entre la mesa del ventanal y la del crítico de cine. Al pasar, la mano le rozó la mano.

Fue breve. Fue real.

Abrió la puerta, dejó entrar el aire frío de octubre y salió despacio, sin mirar atrás.

El portazo sonó como un signo de interrogación.

Alejandro se quedó quieto, con la taza casi llena, sin azucarillo, en una mesa desordenada por primera vez en toda la noche.

Y con la mano todavía abierta sobre el mármol, encima de una marca de agua que ya no existía.

12 · TRES PORTALES

Salió del bar veinte minutos después, con el café frío por dentro y la cabeza dándole vueltas a una frase.

Hoy no estoy trabajando.

El aire de la noche le limpió el humo de los pulmones. Malasaña se movía ya a medio gas: algunos bares abiertos, parejas despidiéndose en las esquinas, una pelea sin importancia sonando a dos calles.

Contó los pasos hasta la esquina por costumbre. Cuarenta y dos, como siempre.

Lo que no contó fue la sombra que se movía tres portales por detrás.

Había estado esperando fuera, mezclado con los que ocupaban el banco de la plaza, gente a la que nadie mira dos veces. Había visto entrar al hombre del papel. Había visto entrar al otro, al del abrigo.

Y había visto lo que pasó dentro, o lo suficiente de lo que pasó dentro.

Ahora iba detrás, a la distancia correcta, sin acelerar en las esquinas.

No iba a ser esa noche. Esa noche era para aprender: por dónde vuelve a casa, qué acera elige, en qué portal se para a buscar las llaves y cuántos segundos tarda en encontrarlas. Los trabajos de verdad dejan cabos.

Un ruido que hubo que tapar, un testigo que hubo que pagar, un error enterrado aparte.

Este no iba a dejar ninguno.

Tenía tiempo, tenía una hoja y tenía órdenes.

Lo que no tenía era una explicación para lo que le había hecho el cuerpo cuando se abrió aquella puerta.

Lo que no tenía era una explicación para lo que le había hecho el cuerpo cuando se abrió aquella puerta.

Seguir leyendo
Te aviso cuando salga la siguiente entrega
modo inmersivo · voz  ·  el universo