Para Alejandro, la misión había sido un desastre.
No había confirmado nada. No sabía si aquel hombre era el agente que le habían mandado medir. No tenía una sola línea que llevarle a Vázquez, salvo una verdad incómoda: se había distraído.
Peor aún: habría querido distraerse mucho más.
En el apartamento encendió un cigarro junto a la ventana abierta. Cerró los ojos, y le vinieron los ojos azules, el roce del abrigo, el anillo brillando bajo la luz del bar.
Su padre había sido militar de los de antes. En aquella casa, un hombre valía lo que valía la orden que cumplía, y el cariño se administraba como el rancho: en dosis medidas, a la misma hora, y nunca por encima de la ración.
Alejandro aprendió pronto a no pedir. Aprendió también los pasos por el pasillo, que eran un sistema de alarma antes de ser un padre.
Nunca había desobedecido nada importante.
Aquella noche, por mirar de más a un hombre en un bar, había desobedecido un poco. Y lo que le daba miedo no era la culpa. Era que no la sentía. Se sentía despierto, y despierto, en su casa, nunca había sido una virtud.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Un mensaje del CNI, seco, sin remite: «Informe mañana a primera hora. Urgente.»
Lo leyó dos veces. Lo borró.
Se tumbó en la cama sin desvestirse, con los zapatos puestos, y se quedó mirando el techo. Empezó a contar las grietas, como cuando tenía nueve años.
Se durmió a las cuatro, contando.
Ethan llegó a su apartamento de Chamberí poco después de medianoche. Subió por las escaleras, dejó el abrigo en la silla y se echó agua fría en la cara.
Se sirvió un whisky solo, sin hielo, y salió a la terraza. La ciudad se extendía por debajo, viva y ajena a la vez.
Había cometido un error, y le costó media copa admitir cuál.
No el de acercarse. El de irse.
Era el error que cometía siempre que el miedo a sufrir llegaba antes que cualquier otra cosa, y llevaba haciéndolo desde una fecha que sabía de memoria y no decía en voz alta.
El teléfono vibró en la mesa de la terraza. Un mensaje en hebreo, cuatro palabras y un aviso.
Rakitin, visto en Barajas. Reunión pronto. Alerta.
Ahí estaba, entonces. La razón por la que estaba en Madrid: flujos, nombres, la logística de una gente que compraba países a plazos, y todo lo que pudiera sacar de Berlín. Trabajo de meses. Nada de héroes.
Cerró los ojos y le apareció la cara del chico. Los ojos negros. La sonrisa insolente. El hilo rojo en la muñeca. Y el dedo recorriendo el cerco de agua sobre el mármol, entero, hasta el centro.
Sacudió la cabeza. Se terminó el whisky a sorbos rápidos.
Se echó en la cama. A pesar del oficio, a pesar de la cabeza que nunca callaba, Ethan no tardaba nunca más de un minuto en dormirse. Era lo único suyo que funcionaba sin esfuerzo.
Aquella noche, antes de que le llegara, hizo algo que no hacía jamás.
Se quedó un minuto largo con el pulgar sobre la inscripción del anillo. Sin frotarlo por pánico. Solo tocándolo, como se toca la mano de alguien que duerme.
Zejor mi atá.
Se lo había puesto Avi hacía más de veinte años, en un patio de Tel Aviv, y él siempre lo había leído de una sola manera. Recuerda que eres un arma.
Aquella noche, por culpa de un chaval de ojos negros, lo leyó por primera vez del revés.
Recuerda que sigues siendo, todavía, un hombre.
Y le dio miedo, porque a los que tienen algo que perder los entierran antes.
En Berlín, a esa hora, había un hombre despierto que no fumaba, no bebía y no tenía prisa.
Laurent Rakitin firmaba lo que le ponían delante con una estilográfica que no dejaba manchas.
Sobre la mesa, en una bandeja de madera clara, esperaban tres carpetas y un télex de una empresa de reformas de Alicante que era una empresa de reformas de Alicante del mismo modo en que él era consultor.
Descolgó, marcó y esperó dos tonos.
—¿Está en la ciudad?
Escuchó. No apuntó nada; llevaba veinte años sin apuntar nada.
—¿Y el nuestro? —Escuchó más—. Bien. Que siga mandando papel. El papel es barato.
Se estiró el puño de la camisa de lino claro.
—Una cosa. Cuando esto ocurra, no quiero titulares. Ni portadas, ni comisiones parlamentarias, ni un ministro con cara de circunstancias en el telediario. Un atraco. Una calle. Una semana de carpeta y a otra cosa. —Una pausa exacta—. Lo demás da mala imagen.
Colgó, alineó el télex con el borde de la bandeja y apagó la lámpara.
Su tío firmaba las muertes como asientos de un libro. Él las firmaba como gastos de representación.
De los dos, era Laurent quien dormía mejor.
En una pensión cerca de Sol, en una habitación sin ventanas, había un hombre de veintisiete años estudiando dos fotografías bajo una lámpara.
La primera: el chico saliendo de un edificio oficial, tres días atrás, con una carpeta bajo el brazo.
La segunda: el mismo chico entrando en el Pepe Botella esa misma tarde.
Sobre la mesa, junto a las fotos, había una botella de vodka mediada, un vaso, y un nombre escrito a mano en cirílico.
Александр.
Alejandro.
Petrov giró el vaso sobre la madera media vuelta, y luego media vuelta en el otro sentido, hasta dejarlo donde estaba.
Tenía el pelo rubio casi blanco y unos ojos grises de hielo sucio.
Los tatuajes le subían por los brazos y le asomaban por el cuello, escritos en un alfabeto que en aquel país no leía nadie, lo cual era, en el fondo, una forma de estar a salvo.
Sacó el fusil de la bolsa, lo montó con movimientos mecánicos, y lo guardó detrás del radiador. Esa noche no servía. Un fusil no firma un atraco de barrio.
Esa clase de muerte se firma con una hoja.
La desenvolvió de la toalla con el cuidado de quien maneja una reliquia. Una finka.
El cuchillo que los hampones rusos copiaron a comienzos de siglo del puukko finlandés —hoja más larga, el lomo recortado en la punta, una guarda que el puukko nunca tuvo— hasta volverlo el arma blanca de los bajos fondos.
Tan del hampa se hizo que la Unión Soviética la prohibió en los años treinta.
Y sin embargo, cuando la Guerra de Invierno dejó al Ejército Rojo sin un cuchillo de combate decente, fue esa misma navaja de gánster la que adoptaron en el cuarenta y rebautizaron con pudor: nozh razvedchika. El cuchillo del explorador.
La suya venía de Zlatoust, en los Urales. Mango negro, guarda invertida hacia el filo, porque a un razvedchik se le enseñaba a clavar con el corte hacia arriba.
Y tenía una virtud perfecta para lo que venía: una herida de finka se confunde con la que deja cualquier navajero por una cartera. Nadie busca a un profesional detrás de un filo de barrio.
Aquella hoja no le había fallado nunca.
Esa era, en el fondo, la única lealtad que Petrov conocía. La gente lo había traicionado, antes o después, toda. Las armas, jamás.
Se sirvió un dedo de vodka y no se lo bebió.
Volvió a mirar la segunda fotografía. El chico era joven, guapo, y por cómo entraba en un sitio se notaba que era bueno en lo suyo. Una pena.
Y entonces, sin permiso, le volvió el umbral. El hombre alto del abrigo largo entrando en el bar, mirando primero el techo, después las salidas, y por último a las personas.
Se levantó. Dio cuatro pasos hasta la pared y volvió.
No podía ser. Los muertos oficiales no se cruzan con los muertos oficiales; para eso están los papeles. Él había muerto en el noventa y dos, con papeles y todo, que es como mueren los grandes.
Y el otro, si era el otro, tenía todos los motivos del mundo para haberse quedado a diez mil kilómetros de una plaza de Madrid.
Se subió la bufanda hasta la barbilla, dentro de una habitación cerrada, y no se dio cuenta de que lo había hecho.
Se acordó del cuarto sin calefacción. Dieciséis años, los dedos agarrotados, una pistola desarmada sobre una manta y un hombre grande con las manos suaves que le enseñaba a montarla a oscuras y le decía Aliosha, y le llamaba cariño mientras se lo cobraba todo.
Igor.
La toská subió, pesada, se le sentó al lado y le pasó un brazo por los hombros como una vieja amante. Esta vez no la apartó. Le susurró al oído lo que siempre le susurraba. Nadie va a quedarse. Nunca nadie se queda.
Mañana el chico. Hoy no. Es lo único que sé decirme y todavía funciona: hoy no. Igor me enseñó dos cosas y las dos se me dan bien: montar un arma a oscuras y llamar cariño a lo que duele. Salgo. Que la ciudad me quite el nombre unas horas. Mañana lo recojo. Siempre lo recojo.
Envolvió la finka en la toalla y la dejó bajo la almohada. Debajo de la cama quedó la pistola pequeña, la de silenciador integrado, por si la hoja no bastaba. Nunca había hecho falta. La llevaba igual.
Sobre la mesa, al lado de las dos fotografías, se preparó una raya y se la metió sin ceremonia, como se toma una medicina que uno ya no discute.
No era una fiesta. Era el peaje que le cobraba la noche por dejarle pasar.
Se lavó la cara, se puso la cazadora y bajó las escaleras de dos en dos.
Fuera lo esperaba una ciudad que no dormía por principio, casi por ideología, como si cerrar los ojos fuera una forma de rendición.
Esa noche todavía era, un rato más, el hombre que salía a los bares.
Mañana volvería a ser el otro. Siempre volvía. Era lo único de sí mismo en lo que se podía confiar.
A las cuatro y veinte de la madrugada, en Madrid, dos hombres dormían y uno estaba en la calle.
Alejandro, en una cama sin deshacer, con los zapatos puestos y el techo lleno de grietas contadas, sabiendo que a primera hora tendría que redactar un informe en el que no cabía nada de lo que le había pasado.
Ethan, dormido en un minuto como siempre, con el pulgar todavía puesto sobre cuatro palabras en hebreo que aquella noche significaban lo contrario de lo que habían significado durante veinte años.
Y en una pensión cerca de Sol, bajo una lámpara apagada, dos fotografías, un nombre en cirílico y una cama que seguía hecha.
El hombre que dormía en ella empezaba mañana.
Tres hombres.
Tres misiones.
Tres silencios.
Tres silencios.