Parte 2 / 4

10 · EL HOMBRE DEL ABRIGO

Entonces la puerta se abrió.

Permaneció abierta un latido más de lo normal, dejando entrar una ráfaga de aire frío y seco.

El frío de Madrid.

Un hombre alto cruzó el umbral con el abrigo largo abierto, camisa limpia y la barba recién perfilada. Andaba sin prisa. Cada paso era medido, como si el suelo respondiera a su cadencia.

Ethan Levy.

El camarero lo saludó con una inclinación breve, de las que se hacen cuando alguien ya ha estado antes.

Él midió el local sin mover la cabeza y eligió la barra, en el ángulo desde el que se controla todo el espacio sin que se note que se controla.

Cuarenta y seis años. Un metro ochenta y cinco. Se mantenía muy erguido, con la rectitud del que lleva media vida entrenado para sobrevivir a una habitación. La barba recortada dejaba asomar canas en la mandíbula.

En las sienes, unas arrugas mínimas que hablaban de noches en vela y de días de alerta.

Los ojos, azules, eran fríos en la superficie, y no invitaban a acercarse: exigían distancia.

En el dedo anular, un anillo de acero opaco grabado con una inscripción en hebreo apenas legible.

Un vestigio de Tel Aviv que no explicaba nunca.

—Un whisky on the rocks —dijo, con la autoridad que confiere un tono bajo.

El camarero asintió. Un vaso bajo, con hielo, sin agua, sin refresco, sin rebajar.

Cuando se sentó, un grupo de estudiantes soltó una carcajada en la calle y una silla chirrió contra el suelo. Una pelota chocó contra el cristal, un niño gritó gol, y el bar entero pareció estremecerse.

Ethan lo procesó todo. Cada sonido, cada movimiento, cada fragmento de información le llegaba a la vez, como disparos de fogueo. El tintineo del hielo en un vaso a tres metros. El crujido de una silla. El murmullo de una conversación en la esquina opuesta.

El ritmo de los pasos del camarero.

Todo entraba, todo exigía atención, y el espacio nunca era suficiente.

Era su condena y su ventaja: lo que a otros los distraía, a él lo mantenía vivo. Lo que para otros era ruido, para él era información. Lo que para otros era distracción, para él era supervivencia.

Había aprendido a canalizar el torrente, a convertir el caos en orden, a usar su cabeza acelerada como un arma en lugar de dejar que lo consumiera.

El esfuerzo era constante, invisible y agotador.

Y siguió tejiendo el mapa del bar. Entradas. Salidas. Caras.

Giró el anillo.

Una vez.

Dos.

Tres.

11 · LO QUE NO SE MUEVE

Fuera, en la plaza, el hombre del banco se quedó quieto.

No era una quietud nueva: llevaba quieto cuarenta minutos. Pero esta era de otra clase, la que se le pone al cuerpo cuando el cerebro deja de mandar durante dos segundos y las manos se olvidan de lo que estaban haciendo.

El cigarro se le consumió del todo. Lo notó en los dedos.

No era la cara. La cara la tenía a treinta metros y a contraluz, y a treinta metros y a contraluz no se reconoce a nadie. Era la manera de cruzar un umbral.

Esa forma de entrar en un sitio nuevo mirando primero el techo, después las salidas y por último a las personas, que no se aprende en ningún ejército del mundo.

Se subió la bufanda.

Tenía un encargo, un papel doblado en cuatro y un nombre que no era ese. Nada de lo que acababa de ocurrir constaba en la carpeta que le había dado Laurent, y en su oficio lo que no consta no existe.

Sacó otro cigarro y no lo encendió.

Hoy no, se dijo.

Era la frase con la que llevaba nueve años apartando cosas, y hasta esa tarde le había funcionado siempre.

12 · JAFFA

Estaba en Madrid porque una semana antes, en Tel Aviv, una mujer le había servido un té que no pensaba beberse y le había puesto delante una ciudad.

Se llamaba Dalia, y era la única persona viva a la que Ethan le habría confiado la espalda sin mirar. Se conocían de media vida de oficio.

Ahora ella tenía las primeras canas ganadas a pulso, unas gafas gruesas y esa clase de arrugas que cuentan historias que nadie quiere escuchar dos veces.

Lo había citado en un café de Jaffa con vistas a un mar que ninguno de los dos miraba.

Compran políticos con la facilidad con que otros compran el pan. Quiero flujos, nombres, y todo lo que puedas sacar sobre Berlín, que es donde el viejo ha puesto el corazón de la operación.

—Eso es trabajo de meses.

—Tienes meses. Lo que no tienes es permiso para que te vean. Entras, escuchas, sales. Nada de héroes.

Lo miró por encima de las gafas y tardó un poco más de la cuenta en decir lo siguiente.

—Y una cosa más. Vas a estar cerca de gente de los Rakitin. Puede que reconozcas a alguno. De antes. De Moscú.

Ethan no movió un músculo, que era su manera de moverse por dentro.

No vas a Madrid a cerrar cuentas viejas. Vas a escuchar y a volver.

—No tengo cuentas viejas.

—Todos las tenemos. Los que decimos que no somos los que peor las pagamos.

Se bebió el té de un trago, entero, un gesto que Ethan no le había visto nunca.

No se despidieron con nada solemne.

Pero al salir del café, con el sol deshaciéndose sobre el agua, Ethan sintió por primera vez en años una molestia rara en el pecho que tardó en reconocer.

Era esperanza.

Y detrás de la esperanza, agazapado, un nombre que Dalia había tenido el cuidado de no pronunciar y que él tampoco se permitió pensar entero.

13 · EL DUELO

Movió el vaso, disfrutando de la ceremonia, levantó la mirada de la barra y se quedó clavado en el chico de la ventana.

A esa distancia ninguna cortina de humo tapaba nada.

El chico lo estaba repasando sin disimular. La mano derecha quieta junto a la taza, atornillándolo al mármol. Los ojos negros sosteniendo el silencio más largo del local sin parpadear una sola vez.

Ethan lo cualificó al instante, por costumbre. Treinta y pocos. Hombros firmes. Camiseta ajustada sobre un cuerpo entrenado para ser fibrado, no para ser mirado, lo cual lo hacía peor. El pelo oscuro caído con descuido estudiado sobre la frente.

Manos limpias, sin marcas de oficio.

Y en la mesa, contra el salero, medio azucarillo de pie.

Sin duda, el tipo de tío por el que negaría haber perdido la cabeza.

No sonrió. Se le tensó la comisura, un movimiento apenas perceptible que no notó nadie más. Pero entre la mesa y la barra se tendió un hilo invisible.

Alejandro llevó un cigarrillo a los labios y lo encendió mirando al fondo del bar, disimulando ahora sí el marcaje. Aspiró y soltó el humo despacio, una espiral lenta que subió hacia las lámparas escribiendo lo que no se atrevía a decir.

El local contuvo el aliento.

Y entonces la cara del chico llevó a Ethan a un sitio en el que había jurado no volver a entrar. Un cuarto frío. Una bufanda raída. Una risa con acento del norte.

Recuerdos que le saturaron la cabeza a una velocidad que no podía controlar, saltando de Madrid a Rusia, del presente al fantasma, del hombre que tenía enfrente al que llevaba enterrado desde una fecha que sabía de memoria.

Sacudió la cabeza. Tocó el anillo.

El metal estaba frío bajo los dedos.

Se obligó a volver al presente, y se trajo un nombre que no debía pronunciar.

Petrov.

Cuando te gusta alguien lo notas en el estómago, que es donde vive el instinto. Pero cuando esa punzada viene con sabor a moneda en el paladar, puedes estar seguro de que ese chico te va a traer problemas.

Y ni un hombre con veinticinco años de oficio sabe huir de eso.

14 · ¿TIENES FUEGO?

Alejandro levantó la mano y llamó al camarero con decisión. Cuando este se acercó, señaló hacia la barra, y luego su propia mesa.

—Lo que esté tomando él. Y otro café.

El camarero miró hacia la barra y entendió el juego sin necesidad de más palabras. En un bar como el Pepe Botella aquello se veía todas las noches.

Un minuto después había un whisky sobre el mármol del ventanal, al lado de una taza humeante. El líquido ámbar brillaba bajo la luz tibia, configurando un cebo dorado y perfecto.

Alejandro no lo tocó. Levantó la vista.

Sus ojos se encontraron.

Era una invitación, un desafío y una apuesta, y el whisky era la excusa.

Ethan dejó el billete en la barra y se levantó despacio. No había urgencia en sus pasos. Las sombras se alargaron, el murmullo bajó de volumen, y el Pepe Botella entero aguantó la respiración mientras cruzaba el local.

Alejandro no se movió.

Cuando Ethan se detuvo delante de la mesa, la distancia era mínima. Un espacio cargado, como el instante antes de un viaje a lo desconocido.

—¿Tienes fuego? —Su voz, grave y baja, abrió camino.

Alejandro levantó el cigarrillo encendido entre los dedos y sonrió.

—No fumo.

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